22 de septiembre de 2010

El uniforme

   Los uniformes han sido usados desde su origen como método de catalogación de un cierto sector, un sistema de diferenciación de grupos, como ocurre con la bata de los médicos, el tricornio en los guardias civiles o el traje para los abogados, así como para otros objetivos, como es el de anular la heterogeneidad del ser humano. El uniforme es útil para reconocer el oficio de ciertas personas, como sucede con la policía, permitiéndonos diferenciarles para poder pedir su ayuda, además de tener la posibilidad de facilitar el trabajo de ese determinado sector, como sucede con el ejército o con los bomberos.

   Sin embargo, no en todos los casos el uso de uniforme tiene una intención de facilitar el desempeño de un oficio. La mayor parte de las veces la función del uniforme es la de acabar con la identidad del propio individuo, transformándo un grupo de personas en un bloque uniforme más fácil de manejar, aunque tengan gustos e ideas opuestas. Esto se puede observar en el uso del uniforme en los militares, en las dictaduras, e, incluso, en las escuelas. Lo bueno del ser humano es que es igual en un 99,9% de su genética a sus congéneres, pero que, a la vez, ese 0,1% que nos diferencia es el que pone la nota que nos hace, dentro de la igualdad humana, únicos a cada individuo, con unos rasgos y, lo que es más importante, unas directrices irrepetibles en el resto de personas. Pero el uso del uniforme con esta última intención oculta y aísla esta personalidad como si de una celda de aislamiento se tratara.

   Así pues, está bien un uso del uniforme como catalogación y facilitador de un oficio para permitirnos percibir su distinción y para hacer posible su desempeño, pero no más allá de esto, puesto que el uniforme lleva a cabo un proceso de deshumanización y de homogeneidad que termina por transformar al ser humano en una herramienta sin iniciativa ni capacidad de razonamiento,  perfecto para acatar órdenes sin plantearse si choca con su forma de pensar. Por suerte, la mayoría de los seres humanos están lo suficientemente capacitados como para ignorar el poder represivo de esta prenda, aunque es demasiado peligrosa como para subestimarla.

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